Lo que permanece
¿Has sentido cómo una risa te devuelve, de golpe, a alguien que quieres? ¿Y cómo esos momentos pequeños sostienen más que cualquier esfuerzo grande? Las risas compartidas son el hogar emocional que dejamos en nuestros hijos.
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María Simón Recio


A veces, en mitad del caos del día, te llega una risa inesperada.
La escuchas y, sin darte cuenta, también sonríes.
Quizá es tu hija contándote algo sin gracia objetiva, pero con esa chispa que solo ella tiene. O quizá es un recuerdo que aparece sin avisar, como si alguien tocara suavemente tu hombro desde el pasado.
Y entonces ocurre algo curioso. No solo recuerdas la risa. Recuerdas a la persona que la provocó, el espacio donde estabais, la luz de esa tarde, la forma en la que te miró.
Es como si ese pequeño sonido abriera una puerta y te dejara entrar, aunque solo sea un momento, en un tiempo que te hizo sentir bien.
Ahí hay un mensaje que a veces olvidamos: las risas no solo son sonidos; son anclas emocionales. Nos conectan con quienes queremos y también con quienes ya no están tanto en nuestro día a día.
Por eso duelen y alivian al mismo tiempo.
Por eso vuelven cuando más las necesitamos.
Quizá hoy, sin darte cuenta, estás construyendo las risas que tu hijo recordará mañana. Las que lo acompañarán cuando tenga un día torcido. Las que le harán sentir cerca de ti incluso cuando esté lejos.
La reflexión es sencilla y poderosa:
Lo que hoy parece solo un momento sin importancia puede convertirse en un refugio emocional para el futuro.
Mini-acción para hoy.
Regálate diez segundos para mirar a tu hijo a los ojos y permitirte una risa pequeña, aunque sea torpe, aunque sea breve.
A veces, ese gesto mínimo se queda para siempre.
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